Dentro de los muchos desafíos que enfrentamos como padres modernos, de los que todos estamos bien al tanto, se suma un enemigo silencioso que, a veces, nos cuesta identificar: la pérdida de sensibilidad.

Nuestros hijos están expuestos, como nunca antes, a todo tipo de opiniones, imágenes, videos, vestimenta, costumbres y mucho más. Todo esto permea en nuestros hogares con la sutileza propia de aquello que, poco a poco, se vuelve un hábito.

Hace unos veinte años, hablarle a un padre en un tono ligeramente irrespetuoso podía costarte las actividades de todo un fin de semana; hoy es moneda corriente y ya ni siquiera nos hace cosquillas.

Y lo obvio ya lo hemos escuchado todos: que ya no hay orden, que la televisión, que Internet, que las redes sociales, que la IA… Pero nos olvidamos de un factor común y subyacente a todos estos fenómenos, que genera, si se quiere, un efecto aún mayor en los cambios sociales y familiares que venimos presenciando desde hace décadas y que se intensifican con la llegada de cada nuevo invasor a nuestros hogares.

La exposición constante a cualquier fenómeno hace que una persona termine acostumbrándose a él. Lo que llamamos costumbre es, en el fondo, la pérdida de un cierto grado de sensibilidad.

La costumbre, por sí misma, no es un enemigo. De hecho, gran parte de nuestra vida se sostiene sobre hábitos, desde el cumplimiento de mitzvot diarias, hasta horarios de colegio y comidas. El problema comienza cuando nos acostumbramos a aquello que debería seguir incomodándonos. El ser humano posee una enorme capacidad de adaptación; esa capacidad le permite crecer y superar dificultades, pero también puede llevarlo a normalizar lo que le hace daño. Lo que un día nos escandalizó puede, con suficiente exposición, terminar pareciéndonos simplemente un detalle más, porque es lo que todos hacen. Y es precisamente allí donde debemos estar más atentos.

Así como los oídos que se exponen a música ensordecedora van disminuyendo, muy lentamente y de manera casi imperceptible, su capacidad auditiva; o como los ojos que se esfuerzan todos los días durante ocho o más horas frente a pantallas brillantes dejan de percibir los detalles de un cartel de autobús a cien metros de distancia; la pérdida de sensibilidad es un proceso que puede trasladarse a casi cualquier área de la vida y que, más seguido de lo que pensamos, comienza con señales muy sutiles, casi insignificantes.

Cuando los programas de televisión se hacen casi exclusivamente a los gritos; cuando la mayor parte de las muñecas vienen con un bronceado digno de una cama solar; cuando las palabras bruscas forman parte de las novelas más comunes; nuestros hijos, y nosotros también, vamos perdiendo las líneas que delimitan lo aceptable, lo deseable y lo aspiracional de aquello que no lo es.

Si alguna vez fuimos las personas que dijeron: «Yo a mi hijo le voy a enseñar…» o «Yo nunca voy a dejar que…», podemos encontrarnos, casi sin quererlo y casi sin saber cómo llegamos allí, en lugares muy lejanos de esos objetivos.

Si todavía somos padres conscientes, entonces nuestro desafío estará en no bajar la guardia, en no rendir nuestras batallas, en intentar reconquistar esos terrenos en la medida en que nuestras fuerzas nos lo permitan; con constancia, con valentía y sin vergüenza del qué dirán. Porque, al final del día, lo que está en disputa es la preservación de la sensibilidad y de la humanidad de nuestros más preciados regalos, su capacidad de seguir reconociendo el bien del mal y tener vidas felices, significativas y completas.

Que H״ nos asista siempre en esta noble tarea.

La Rebetzin Jaia Sara vive en Chile y se dedica al acompañamiento emocional y espiritual de adolescentes y mujeres. Con más de 10 años de experiencia en este ámbito, integra herramientas terapéuticas con las enseñanzas de la Torá desde la tradición del Musar. Su trabajo está orientado a brindar recursos prácticos para enfrentar los desafíos cotidianos, fortalecer el vínculo con Hashem y descubrir las propias fortalezas personales. Se caracteriza por un enfoque basado en la empatía, la escucha activa y el acompañamiento sin prejuicios, entendiendo cada dificultad como una oportunidad de crecimiento y desarrollo personal. Su práctica busca generar espacios de claridad, conciencia y aprendizaje, ofreciendo herramientas que permitan construir una vida más plena, significativa y conectada con los valores espirituales. Actualmente forma parte del equipo de Darkhei Noam, donde acompaña procesos de crecimiento personal y espíritual dentro del marco de educación y mentoría en Jinuj.

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