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Existe un patrón que puede identificarse en distintas situaciones: dejar de insistir, da lugar al florecimiento.

Veamos, esto pasa en el amor, en el reconocimiento social (parafraseando al Talmud, “si lo persigues huye y si huyes te persigue”), en la comprensión profunda… y también pasa en el jinuj (la educación) de nuestros hijos.

Cuando presionamos a nuestros hijos durante un cierto tiempo sin haber logrado una motivación e implicación personal previa de su parte, en aquella área, lo que estamos haciendo es asegurarnos de que nada allí florezca.

La presión por sí misma no es constructiva, debe existir algún grado de motivación propia del niño y una visión de propósito en la tarea, aunque sea incipiente.

¿Significa esto de que mi hijo debe comprender la lógica y el propósito de toda decisión educativa de mi parte? No. Esto solo quiere decir que la tarea debe ser significativa para el niño en algún punto.

Por ejemplo, un niño al que no le guste ordenar, si de mi parte solo percibe la presión para que ordene, al repetir esta tarea por obligación, probablemente termine simplemente detestando el orden.

Por el otro extremo, si solo lo hace para recibir una recompensa, por ejemplo, cuando le ofrezco un premio por hacerlo, pero no ve ningún propósito en el orden, entonces quizás logre que lo haga, e incluso que lo repita, pero es difícil que esto se vuelva un valor para él.

En cambio, si logramos, por un lado, motivar para cumplir la meta, pero a la vez mostrar el valor del orden por sí mismo,  por ejemplo, señalando lo agradable que es vivir en un lugar ordenado, el poder encontrar cada cosa, y lo relajante que puede ser el hecho mismo de dedicarse a ordenar (escuchar música o cantar podría ser un lindo recurso), tendremos mayores esperanzas de lograr que el orden no sea una molestia, ni tampoco una simple obligación mecánica, sino una experiencia constructiva que el niño también perciba como necesaria para su vida.


Por otro lado, otra confusión típica es pensar que «hay que soltarle la mano» completamente, lo cual lleva a la paradoja de que muchas veces el niño todavía no sabe donde ir, no tiene un criterio suficiente.

En realidad, esta no es una situación paradójica sino compleja: hay que dejar de insistir, pero no dejar de estar presentes.

Somos esenciales, debemos estar ahí, para apoyar, para motivar, para guiar, y también para dejar el tiempo y el espacio para que nuestros hijos elijan, se equivoquen, acierten y adquieran un criterio propio.

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